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《一千零一夜》连载二
作者:未知  文章来源:互联网  点击数  更新时间:2007-09-10 14:38:38  文章录入:admin  责任编辑:admin

 

Y Schahrazada, aquella primera noche, empezó su relato con la his­toria que sigue:

  PRIMERA NOCHE

  HISTORIA DEI. MERCADER Y EL EFRIT

Schahrazada dijo:

“He llegado a saber, ¡oh rey, afor­tunado! que hubo un mercader entre los mercaderes, dueño de numerosas riquezas y de negocios comerciales en todos los países.

Un día montó a caballo y salió para ciertas comarcas a las cuales le llamaban sus negocios. Como el ca­lor era sofocante, se sentó debajo de un árbol, y echando mano al saco de provisiones, sacó unos dáti­les, y cuando los hubo comido tiró a lo lejos los huesos. Pero de pronto se le apareció un efrit de enorme estatura que, blandiendo una espada, llegó hasta el mercader y le dijo: “Levántate para que yo te mate como has matado a mi hijo.” El mer­cader repuso: “Pero ¿cómo he mata­do yo a tu hijo?” Y contestó el efrit: “Al arrojar los huesos, dieron en el pecho a mi hilo y lo mataron.” En­tonces dijo el mercader: “Considera ¡oh gran efrit! que no puedo mentir, siendo, como soy, un creyente. Ten­go muchas riquezas, tengo hijos y esposa, y además guardo en mi casa depósitos que me confiaron. Permi­teme volver para repartir lo de cada uno, y te vendré a buscar en cuanto lo haga. Tienes mi promesa y mi juramento de que volveré en seguida a tu lado. Y tú entonces harás de mí lo que quieras. Alah es fiador de mis palabras.”

El efrit, teniendo confianza en él, dejó partir al mercader.

Y el mercader volvió a su tierra, arregló sus asuntos, y dio a cada cual lo que le correspondía. Después contó a su mujer y a sus hijos lo que le había ocurrido, y se echaron todos a llorar: los parientes, las mujeres, los hijos. Después el mercader hizo testamento y estuvo coa su familia hasta el fin del año. Al llegar este término se resolvió a partir, y toman­do su sudario bajo el brazo, dijo adiós a sus parientes y vecinos y se fue muy contra su gusto. Los suyos se lamentaban, dando grandes gritos de dolor.

En cuanto al mercader, siguió su camino hasta que llegó al jardín en cuestión, y el día en que llegó era el primer día del año nuevo. Y mien­tras estaba sentado, llorando su des­gracia, he aquí que un jeique se diri­gió hacia él, llevando una gacela encadenada. Saludó al mercader, le deseó una vida próspera, y le dijo: “¿Por qué razón estás parado y solo en este lugar tan frecuentado por los efrits?”

Entonces le contó el mercader lo que le había ocurrido con el efrit y la causa de haberse detenido en aquel sitio. Y el jeique dueño de la gacela se asombró grandemente, y dijo: “¡Por Alah! ¡oh hermano! tu fe es una gran fe, y tu historia es tan pro­digiosa, que si se escribiera con una aguja en el ángulo interior de un ojo, sería motivo de reflexión para el que sabe reflexionar respetuosamente.” Después, sentándose a su lado, pro­siguió: “¡Por Alah! ¡oh mi hermano! no te dejaré hasta que veamos lo que te ocurre con el efrit.” Y allí se que­dó, efectivamente, conversando con él, y hasta pudo ayudarle cuando se desmayó de terror, presa de una aflicción muy honda y de crueles pensamientos. Seguía allí el dueño de la gacela, cuando llegó un segundo jeique, que se dirigió a ellos con dos lebreles negros. Se acercó, les deseó la paz y les preguntó la causa de haberse parado en aquel lugar fre­cuentado por los efrits. Entonces ellos le refirieron la historia desde el principio hasta el fin. Y apenas se había sentado, cuando un tercer jei­que se dirigió hacia ellos, llevando una mula de color de estornino. Les deseó la paz y les preguntó por qué estaban sentados en aquel sitio. Y los otros le contaron la historia desde el principio hasta el fin. Pero no es de ninguna utilidad el repetirla.

A todo esto, se levantó un violento torbellino de polvo en el centro de aquella pradera. Descargó una tor­menta, se disipó después el polvo y apareció el efrit con un alfanje muy afilado en una mano y brotándole chispas de los ojos. Se acercó al grupo, y dijo cogiendo al merca­der: “Ven para que yo te mate como mataste a aquel hijo mío, que era el aliento de mi vida y el fuego de mi corazón.” Entonces se echó a llorar el mercader, y los tres jeiques em­pezaron también a llorar, a. gemir y a suspirar.

Pero el primero de ellos, el dueño de la gacela, acabó por tomar áni­mos, y besando la mano del efrit, le dijo: “¡Oh efrit, jefe de los efrits y de su corona! Si te cuento lo que me ocurrió con esta gacela y te maravilla mi historia, ¿me recompensarás con el tercio de la sangre de este mer­cader?” Y el éfrit dijo: “Verdadera­mente que sí, venerable jeique. Si me cuentas la historia y yo la encuen­tro extraordinaria, te concederé el tercio de esa sangre.”

CUENTO DEL PRIMER JEIQUE

El primer jeique dijo:

“Sabe, ¡oh gran efrit! que esta gacela era la hija de mi tío, carne de nu carne y sangre de mi sangre. Cuando esta mujer era todavía muy joven, nos casamos, y vivimos jun­tos cerca de treinta años. Pero Alah no me concedió tener de ella ningún hijo. Por esto tomé una concubina, qué, gracias a Alah, me dio un hijo varón, más hermoso que la luna cuando sale. Tenía unos ojos magní­ficos, sus cejas se juntaban y sus miembros eran perfectos. Creció poco a poco; hasta llegar a los quin­ce años. En aquella época tuve que marchar a una población lejana, don­de reclamaba mi presencia un gran negocio de comercio.

La hija de mi tío, o sea esta gacela, estaba iniciada desde su infancia en la brujería y el arte de los encanta­mientos. Con la ciencia de su magia transformó a mi hijo en ternerillo, y a su madre, la esclava, en una vaca, y los entregó al mayoral de nuestro ganado. Después de bastante tiempo, regresé del viaje; pregunté por mi hijo y por mi esclava, y la hija de mi tío me dijo: “Tu esclava ha muerto, y tu hijo se escapó y no sabemos de él.” Entonces, durante un año estuve bajo el peso de la aflicción de mi corazón y el llanto de mis ojos.

Llegada la fiesta anual del día de los Sacrificios, ordené al mayoral que me reservara una de las mejores vacas, y me trajo la más gorda de todas, que era mi esclava, encantada por esta gacela. Remangado mi bra­zo, levanté los faldones de la túnica, y ya me disponía al sacrificio, cu­chillo en mano, cuando de pronta la vaca prorrumpió en lamentos y de­rramaba lágrimas abundantes. En­tonces me detuve, y la entregué al mayoral para que la sacrificase; pero al desollarla no se le encontró ni carne ni grasa, pues sólo tenía los huesos y el pellejo. Me arrepentí de haberla matado, pero ¿de qué servía ya él arrepentimiento? Se la di al ma­yoral, y le dije: “Tráeme un becerro bien gordo.” Y me trajo a mi hijo convertido en ternero.

Cuando el ternero me vio, rompió la cuerda, se me acercó corriendo, y se revolcó a mis pies, pero ¡con qué lamentos! ¡con qué llantos! Entonces tuve piedad de él, y le dije al mayo­ral: “Tráeme otra vaca, y deja con vida este ternero.”

En este punto de su narración, vio Scháhrazada que iba a amanecer, y se calló discretamente, sin aprove­charse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada le dijo: “¡Oh hermana mía! ¡Cuán dulces y cuán sabrosas son tus palabras llenas de delicia!” Schahrazada contestó: “Pues nada son comparadas con lo que os podría contar la noche próxima, si vivo todavía y el rey quiere conser­varme.” Y el rey dijo para sí: “¡Por Alah! No la mataré hasta que haya oído la continuación de su historia.”

Luego marchó el rey a presidir su tribunal. Y vio llegar al visir, que lle­vaba debajo del brazo un sudario para Schahrazada, a la cual creía muerta. Pero nada le dijo de esto el rey, y siguió administrando justi­cia, designando a unos para los em­pleos, destituyendo a otros, hasta que acabó el día. Y el visir se fue perplejo, en el colmo del asombro, al saber que su hija vivía.

Cuando hubo terminado el diván, el rey Schalhriar volvió a su palacio.

  Y CUANDO LLEGÓ LA SEGUNDA NOCHE

Doniazada dijo a su hermana Schahrazada:- “¡Oh hermana mía! Te ruego que acabes la historia del mer­cader y el efrit “ Y Schahrazada res­pondió: “De todo corazón y como debido homenaje, siempre que el rey me lo permita.” Y el rey ordenó: “Puedes hablar.”

Ella dijo:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado, dotado de ideas justas y rec­tas! que cuando el mercader vio llo­rar al ternero, se enterneció su cora­zón, y dijo al mayoral: “Deja ese ternero con el ganado.”

Y a todo esto, el efrit se asombra­ba prodigiosamente de esta historia asombrosa. Y el jeique dueño de la gacela prosiguió de este modo:

“¡Oh señor de los reyes de los efrits! todo esto aconteció. La hija de mi tío, esta gacela, hallábase allí mirando, y decía: “Debemos sacrifi­car ese ternero tan gordo.” Pero yo, por lástima, no podía decidirme, y mandé al mayoral que de nuevo se lo llevara, obedeciéndome él.

El segundo día, estaba yo sentado, cuando se me acercó el pastor y me dijo:. “¡Oh amo mío! Voy a ente­rarte de algo que te alegrará. Esta buena nueva bien merece una grati­ficación.” Y yo le contesté: “Cuenta con ella.” Y me dijo: “¡Oh merca­der ilustre! Mi hija es bruja, pues aprendió la brujería de una vieja que vivía con nosotros. Ayer, cuando me diste el ternero, entré con él en la habitación de mi hija, y ella, apenas lo vio, cubrióse con el velo la cara, echándose a llorar, y después a reir. Luego me dijo: “Padre, ¿tan poco valgo para ti que dejas entrar hom­bres en mi aposento?” Yo repuse: “Pero ¿dónde están esos hombres? ¿Y por qué lloras y ríes así?” Y ella me dijo: “El ternero que traes con­tigo es hijo de nuestro amo el mer­cader, pero está encantado. Y es su madrastra la que lo ha encantado, y a su madre con él. Me he reído al verle bajo esa forma de becerro. Y si he llorado es a causa de la madre del becerro, que fue sacrificada por el padre.” Estas palabras de mi hija, me sorprendieron mucho, y aguardé con impaciencia que volviese la ma­ñana para venir a enterarte de todo.”

Cuando oí, ¡oh poderoso efrit! prosiguió el jeique lo que me decía el mayoral, salí con él a toda prisa, y sin haber bebido vino creía­me embriagado por el inmenso júbi­lo y por la gran felicidad que sentía al recobrar a mi hijo. Cuando llegué a casa del mayoral, la joven me de­seó la paz y me besó la mano, y luego se me acercó el ternero, revol­cándose a mis pies. Pregunté enton­ces a la hija del mayoral: “¿Es cierto lo que afirmas de este ternero?” Y ella dijo: “Cierto, sin duda alguna. Es tu hijo, la llama de tu corazón.” Y le supliqué: “¡Oh gentil y carita­tiva joven! si desencantas a mi hijo, te daré cuantos ganados y fincas ten­go al cuidado de tu padre.” Sonrió al oir estas palabras, y me dijo: “Sólo aceptaré la riqueza con dos condiciones: la primera„ que me ca­saré con tu hijo, y la segunda, que me dejarás encantar y aprisionar a quien yo desee. De lo contrario, no respondo de mi eficacia contra las perfidias de tu mujer.

Cuando yo oí, ¡oh poderoso efrit! las palabras de la hija del mayoral, le dije: “Sea, y por añadidura tendrás las riquezas que tu padre me admi­nistra. En cuanto a la hija de mi tío, te permito que dispongas de su san­gre.”

Apenas escuchó ella mis palabras, cogió una cacerola de cobre, llenán­dola de agua y pronunciando sus con­juros mágicos. Después roció con el líquido al ternero, y le dijo:' “Si Alah te creó ternero, sigue ternero, sin cambiar de forma; pero si estás encantado recobra tu figura primera con el permiso de Alah el Altísimo.”

E inmediatamente el ternero em­pezó a agitarse, y volvió a adquirir la forma humana. Entonces, arro­jándome en sus brazos, le besé. Y luego le dije: “¡Por Alah sobre ti! Cuéntame lo que la hija de mi tío hizo contigo y con tu madre.” Y me contó cuanto les había ocurrido. Y yo dije entonces: “¡Ah, hijo mío! Alah, dueño de los destinos; reser­vaba a alguien para salvarte y salvar tus derechos.”

Después de esto, ¡oh buen efrit! casé a mi hijo con la hija del mayo­ral. Y ella, merced a su ciencia de brujería, encantó a la hija de mi tío, transformándola en esta gacela que tú ves. Al pasar por aquí encontré­me con estas buenas gentes, les pre­gunté qué hacían, y por ellas supe lo ocurrido a este mercader, y hube de sentarme para ver lo que pudiese sobrevenir. Y esta es mi historia.”

Entonces exclamó el efrit: “Histo­ria realmente muy asombrosa. Por eso te concedo como gracia el tercio de la sangre que pides.”

En este momento se acercó el se­gundo jeique, el de los lebreles ne­gros, y dijo:

  CUENTO DEL SEGUNDO JEIQUE

“Sabe, ¡oh señor de los reyes de los efrits! que éstos dos perros son mis hermanos. mayores y yo soy el tercero. Al morir nuestro padre nos dejó en herencia tres mil dinares. Yo, con mi parte, abrí una tienda y me puse a vender y comprar. Uno de mis hermanos, comerciante tam­bién, se dedicó a viajar con las cara­vanas, y estuvo ausente un año. Cuando regresó no le quedaba nada de su herencia. Entonces le dije: “¡Oh hermano mío! ¿no te había aconsejado que no viajaras?” Y echándose a llorar, me contestó: “Hermano, Alah, que es grande y poderoso, lo dispuso así. No pueden serme de provecho ya tus palabras, puesto que nada tengo ahora.” Le lleve conmigo a la tienda, lo acom­pañé luego al hammam y le regalé un magnífico traje de la mejor clase.

Después nos sentamos a comer, y le dije: “Hermano, voy a hacer la cuen­ta de lo que produce mi tienda en un año, sin tocar al capital, y nos partiremos las ganancias.” Y, efecti­vamente, hice la cuenta, y hallé un beneficio anual de mil dinares: En­tonces di gracias a Alah, que es po­deroso y grande, y dividí la ganancia luego entre mi hermano y yo. Y así vivimos juntos días y días.

Poco tiempo después quiso via­jar también mi segundo hermano. Hicimos cuanto nos fue posible para que desistiese de su proyecto, pero todo fue inútil, y al cabo de un año volvió en la misma situación que el hermano mayor.

Le di otros mil dinares que tuve de ganancia durante el periodo de su ausencia, abrió una tienda nueva continuó el ejercicio de su profesión.

Sin que les sirviese de escarmien­to lo que les había sucedido, de nuevo mis hermanos desearon mar­charse y pretendían que yo les acompañase. No acepté, y les di­je: “¿Qué habéis ganado con viajar, para que así pueda yo tentarme de imitaros?” Entonces empezaron a dirigirme reconvenciones, pero sin nin­gún fruto, pues no les hice caso, y seguimos comerciando en nuestras tiendas otro año. Otra vez volvieron a proponerme el viaje, oponiéndome yo también, y, así pasaron seis años más. Al fin acabaron por conven­cerme, y les dije: “Hermanos, conte­mos el dinero que tenemos.” Conta­mos, y dimos con un total de seis mil dinares. Entonces les dije: “En­terremos la mitad para poderla utili­zar si nos ocurriese una desgracia, y tomemos mil dinares cada uno para comerciar al por menor.” `Y contestaron: “¡Alah, favorezca la idea!” Cogí el dinero y lo dividí en dos partes iguales; enterré tres mil dinares y los otros tres mil los repartí juiciosamente entre nosotros tres. Después compramos varias mercade­rías, fletamos un barco, llevamos a él todos nuestros efectos, y partimos. Duró un mes entero el viaje, y llegamos a una ciudad, donde vendi­mos las mercancías con unta ganan­cia de diez dinares por dinar. Luego abandonamos la plaza.

Al llegar a orillas del mar encon­tramos a una mujer pobremente ves­tida, con ropas viejas y raídas. Se me acercó, me besó la mano, y me dijo: “Señor, ¿me puedes socorrer? ¿Quieres favorecerme? Yo, en cam­bio, sabré agradecer tus bondades.” Y le dije: “Te socorreré, mas no te creas obligada a la gratitud.” Y ella me respondió: “Señor, entonces cá­sate conmigo, llévame a tu país y te consagraré mi alma. Favoréceme, que yo soy de las que saben el valor de un beneficios No te avergüences de mi humilde condición.” Al decir estas palabras, sentí piedad hacia ella, pues nada hay que no se haga me­diante la voluntad de Alah, que es grande y poderoso. Me la llevé, la vestí con ricos trajes, hice tender magníficas alfombras en el barco para ella y le dispensé una hospitáalaria acogida llena de cordialidad. Después zarpamos.

Mi corazón llegó a amarla con un gran amor, y no la abandoné ni de día ni de noche. Y como de los tres hermanos era yo el único que podía gozarla, estos hermanos míos, sintieron celos, además de envidiar­me por mis riquezas y por la calidad de mis mercaderías. Dirigían ávidas miradas sobre cuanto poseía yo, y se concertaron para matarme y re­partirse mi dinero, porque el Cheitán sin duda les hizo ver su mala acción con los más bellos colores.

Un día, cuándo estaba yo durmien­do con mi esposa, llegaron hasta nosotros y nos cogieron, echándonos al mar. Mi esposa se despertó en el agua, y de súbito cambió de forma, convirtiéndose en efrita. Me tomó sobre sus hombros y me depositó sobre una isla. Después desapareció durante toda la noche, regresando al amanecer, y me dijo: “¿No recono­ces. a tu esposa?” Te he salvado de la muerte con ayuda del Altísimo. Porque has de saber que yo soy una efrita. Y desde el instante en que te vi, te amó mi corazón, simplemente porque Alah lo ha querido, y yo soy una creyente de Alah y en su Profe­ta, al cual Alah bendiga y persevere. Cuando yo me he acercado a ti en la pobre condición en que me hallaba, tú te aviniste de todos modos a ca­sarte conmigo. Y yo, en justa grati­tud, he impedido que perezcas aho­gado. “En cuanto a tus hermanos, siento el mayor furor contra ellos y es preciso que los mate.”

Asombrado de sus palabras, le di las gracias por su acción, y le dije: “No puedo consentir la perdida de mis hermanos.” Luego le conté todo lo ocurrido con ellos, desde el prin­cipio hasta el fin, y me dijo entonces: “Esta noche volaré hacia la nave que los conduce, y la haré zozobrar para que sucumban.” Yo repliqué: “¡Por Alah sobre tal No hagas eso, recuer­da que el Maestro de los Proverbios dice: “¡Oh tú, compasivo del delin­cuente! Piensa que para el criminal es bastante castigo su mismo cri­men, y además, considera que son mis hermanos.” Pero ella insistió: :Tengo que matarlos sin remedio.” Y en vano imploré su indulgencia, Después se echó a volar llevándome en sus hombros, y me dejó en la azotea de mi casa.

Abrí entonces las puertas y saqué los tres mil dinares del escondrijo. Luego abrí mi tienda, y después de hacer las visitas necesarias y los saludos de costumbre, compré nue­vos géneros.

Llegada la noche, cerré la tienda, y al entrar en mis habitaciones en­contré estos dos lebreles que estaban atados en un rincón. Al verme se levantaron, rompieron a llorar y se agarraron a mis ropas. Entonces acu­dió mi mujer, y me dijo: “Son tus hermanos. “Y yo le dije: “¿Quién los ha puesto en esta forma?” Y ella contestó: “Yo misma. He rogado a mi hermana, más versada que yo en artes de encantamiento, que los pu­siera en ese estado. Diez años per­manecerán así”.

Por eso, ¡oh efrit poderoso! me ves aquí, pues voy en basca de mi cuñada, a la que deseo suplicar los desencante, porque van ya transcu­rridos los diez años. Al llegar me encontré con este buen hombre, y cuando supe su aventura, no quise marcharme hasta averiguar lo que sobreviniese entre tú y él. Y este es mi cuento.”

El efrit dijo: “Es realmente un cuento asombroso, por lo que te con­cedo otro tercio de la sangre desti­nada a rescatar el crimen.”

Entonces se adelantó el tercer jei­que, dueño de la mula, y dijo al efrit: “Te contaré una historia más maravillosa que las de estos dos. Y tú me recompensarás con el resto de la sangre.” El efrit contestó: “Que así sea.”

Y el tercer jeique dijo:

  CUENTO DEL TERCER JEIQUE

“¡Oh sultán, jefe de los efrits! Esta mula que ves aquí era mi es­posa. Una vez salí de viaje y estuve ausente todo un año. Terminados mis negocios, volví de noche, y al entrar en el cuarto de mi mujer, la encontré con un esclavo negro, esta­ban conversando, y se besaban, ha­ciéndose zalamerías. Al verme, ella se levantó, súbitamente y se aba­lanzó a mí con una vasija de agua en la mano; murmuró algunas pala­bras luego, y me dijo arrojándome el agua: “¡Sal de tu propia forma y reviste la de un perro!” Inmediata­mente me convertí en perro, y mi esposa me echó de casa. Anduve va­gando, hasta llegar a una carnicería, donde me puse a roer huesos. Al ver­me el carnicero, me cogió y me llevó con él.

Apenas penetramos en el cuarto de su hija, ésta se cubrió con el velo y recriminó a su padre: “¿Te parece bien lo que has hecho? Traes a un hombre y lo entras en mi habita­ción.” Y repuso el padre: “¿Pero dónde está ese hombre?” Ella contes­tó: “Ese perro es un hombre, Lo ha encantado una mujer; pero yo soy capaz de desencantarlo.” Y su padre le dijo: “¡Por Alah sobre ti! De­vuélvele su forma, hija mía.” Ella cogió una vasija con agua, y después de murmurar un conjuro, me echó unas gotas y dijo: “.¡Sal de esa forma y recobra la primitiva!” , Entonces volví a mi forma humana, besé la mano de la joven, y le dije: “Quisie­ra que encantases a mi mujer como ella me encantó.” Me dio entonces un frasco con agua, y me dijo: “Si encuentras dormida a tu mujer, ro­cíala con esta agua y se convertirá en lo que quieras.” Efectivamente, la encontré dormida, le eché el agua, y dije: “¡Sal de esa forma y toma la de una mula!” Y al instante se trans­formó en una mula, es la misma que aquí ves, sultán de reyes de los efrits.”

El efrit se volvió entonces hacia la mula, y le dijo: “¿Es verdad todo eso?” Y la mula movió la cabeza como afirmando: “Sí, sí; todo es verdad.”

Esta historia consiguió satisfacer al efrit, que, lleno de emoción y de placer, hizo gracia al anciano del último tercio de la sangre.

En aquel momento Schahrazada vio aparecer la mañana, y discreta­mente dejó de hablar, sin aprove­charse más del permiso. Entonces su hermana Doniazada dijo: “¡Ah, her­mana mía! ¡Cuán dulces, cuán ama­bles y cuán deliciosas son en su fres­cura tus palabras!” Y Schahrazada contestó: “Nada es eso comparado con lo que te contaré la noche pró­xima, si vivo aún y el rey quiere con­servarme.” Y el rey se dijo: “¡Por Alah! no la mataré hasta que le haya oído la continuación de su relato, que es asombroso.”

Entonces el rey marchó a la sala de justicia. Entraron el visir y los oficiales y se llenó el diván de gente. Y el rey juzgó, nombró, destituyó, despachó sus asuntos y dio órdenes hasta el fin del día. Luego se levan­tó el diván y el rey volvió a palacio.

Y CUANDO LLEGÓ LA TERCERA NOCHE

Daniazada dijo: “Hermana mía, te suplico que termines tu relato.” Y Schahrazada contestó: “Con toda la generosidad y simpatía de mi cora­zón.” Y prosiguió después:

He llegado a saber, ¡oh rey afor­tunado! que, cuando el tercer jeique contó al efrit el más asombroso de los tres cuentos, el efrit se maravilló mucho, y emocionado y placentero, dijo: “Concedo el resto de la sangre por que había de redimirse el crí­men, y dejo en libertad al merca­der.”

Entonces el mercader, contentísi­mo, salió al encuentro de los jeiques y les dio miles de gracias. Ellos, a su vez, le felicitaron por el indulto. Y cada cual regresó a su país.

“Pero -añadió Schahrazada- es más asombrosa la historia del pes­cador.”

  Y el rey dijo a Schahrazada: “¿Qué historia del pescador es esa?”
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